
Las noches de luna llena, cuando todos descansaban y el silencio inundaba el bosque, la bestia salía a recolectar frutos, no cazaba ni peleaba por otras presas porque había descubierto que podía vivir sin alimentarse de otros animales. Su falta de fuerza, aquella carencia de la que tantos se habían burlado en muchas ocasiones provocándole un profundo pesar, ahora no era ningún handicap, al contrario, gracias a ella la bestia halló una solución, una alternativa, y se adaptó a la nueva circunstancia, evitando los constantes enfrentamientos que otros habitantes del bosque mantenían continuamente en la búsqueda del alimento que les sustentaría pero también del alimento que saciaria su sed de poder, un poder que ella detestaba. Así pues no podía fallar en su misión, simplemente no debía, porque si lo hacía se fallaría a si misma, rompiendo en pedazos aquel mundo particular que tanto tiempo y dedicación le había costado recrear. Al amanecer la criatura retornaba a la lúgubre covacha y allí empezaba lo realmente bello y hermoso de cada día. En ese instante empezaba a tejerse la felicidad que siempre había añorado y que tanto había tardado en obtener.
Aquella madrugada la bestia se entretuvo recogiendo unos frutos rojos en la ladera del camino que conducía al arroyo, estaban muy maduros y algunos incluso podridos y se retardó eligiendo los que tenían mejor aspecto y parecía más conveniente consumir y almacenar. Así que regresó tarde a su cueva, pero al entrar un raro presentimiento le indicó que algo andaba mal. Se fijó en las pisadas de enorme tamaño que había a lo largo del tunel de acceso y que demostraban sin duda alguna que dentro había alguien que estaba violando su intimidad, contaminando sus cosas, infiltrándose en su reino privado, alguien que en aquel momento estaba descubriendo su secreto. De repente una intensa furia se apoderó de su cuerpo y de su mente, la sangre hirvió en su interior, un torbellino de emociones se agolparon en su cabeza y sin parar a pensar ni un solo segundo en nada, avanzó rápido y veloz hacia el interior del habítaculo principal. Allí de espaldas a él y gracias a la tebia luz que ofrecía la antorcha que había dejado encendida como señuelo vió una gran sombra manoseando una de sus hermosas esculturas de barro, una de sus magníficas creaciones. La bestia completamente fuera de sí se avalanzó sobre el intruso y empezó una brutal lucha sin tregua, forcejearon sin descanso durante un espacio de tiempo que se tornó eterno hasta que por fin sorprendentemente la bestia consiguió vencer al extraño matándole. ¿De dónde había sacado esa fuerza? ¿Cómo podía haber ganado aquel combate a un ser mucho más fuerte y corpulento? ¿Qué rabia había impulsado un acto tan atroz? La bestia sabía la respuesta: el culpable había sido el poder de su propio egoísmo. Años había tardado en construir su refugio, alejado de todos y de todo, un lugar especial dónde nadie podía dañarle, dónde los únicos sentimientos válidos eran los suyos, dónde nadie le escuchaba pero dónde a nadie debía escuchar, dónde su creatividad era ilimitada, dónde hacía lo que quería, dónde se sentía absolutamente seguro y feliz, un paraíso asocial, escondido en mitad del todo y de la nada, un lugar que había sido inexpugnable hasta aquella terrible madrugada. Matar se había convertido en la única y desesperada salida, el único modo de seguir preservando el misterio. La bestia no sintió culpa alguna, sencillamente suspiró, cavó una profunda tumba donde depositó el cadaver aún tibio y así borró toda prueba de lo acontecido. La paz volvió a su corazón, una paz extraña y atípica pero al fin y al cabo paz, miró a lo lejos hacia las profundidades de la arboleda y no vió rastro de vida husmeando, respiró y entró en la caverna de nuevo. Su felicidad volvía a estar a buen recaudo. Seguía conservando pues su secreto en la caverna.
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Besos transoceánicos!