En efecto, tres semanitas enteras en la guardería y ya tardábamos en ponernos malitos. Así que el viernes cuando fui a recoger al peque y le vi la carita, esa carita que tiene y que a mí no me engaña, me temí lo peor. Como cada tarde que hace buen tiempo le propuse ir al parque a jugar un rato y él me dijo que sí pero no muy emocionado. Cuando llegamos me dijo que tenía frío y que le pusiera la chaqueta... malo pensé yo! No quiso bajar del carrito y allí sentado viendo al resto de niños jugar se tomó un poco del zumo de piña y las galletas que le había traído. Como noté que no tenía ganas de nada le propuse marcharnos y me dijo que sí. Ya en casa se tumbó en el sofá a ver dibus en la tele, mmmmmm murmuré para mis adentros. Por la noche sin torcer nuestros planes de finde en el pueblo nos fuimos para allá. Como la casa estaba fresquita, sólo la habitamos un fin de semana de cada dos habitualmente, le dije a mi marido que pusiera la calefacción un poco y me acosté con el peque en su cama...
El mundo visto con humor, amor y mucha tolerancia.